¿A donde va el deseo cuando volvemos a ponernos la ropa? (Parte I)
Sabía que en algún momento ella caería en mi cama. No porque lo hubiera planeado, sino porque la tensión entre nosotros era inevitable, como si el destino nos empujara lentamente hacia ese punto. Aquella mañana salimos de clase temprano. El plan era sencillo: tomar unas cervezas junto al río, disfrutar de la brisa fresca, reírnos de nuestras tonterías, pero ambos sabíamos que esa tarde llevaría mucho más que risas. Desde que nos conocimos, había una química innegable, un deseo reprimido bajo la excusa de la amistad. La anticipación flotaba en el aire cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Nos deseábamos, eso era evidente, pero también temíamos lo que ese deseo traería consigo. Yo tenía miedo de enamorarme, y ella, de que no lo hiciera. Un equilibrio precario que manteníamos en silencio, entre bromas y juegos de palabras, pero esa tarde, sentí que algo iba a cambiar. Nos sentamos en la orilla del río. Las cervezas frías y el calor de la tarde contrastaban con el frío viento que come...