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Mostrando entradas de 2025

ventanas: Bajo la piel de la ciudad - parte dos

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 Clara baja las escaleras del edificio con un abrigo largo que le cubre las piernas. Afuera, la madrugada tiene el olor metálico de una ciudad que no descansa. Un Audi negro la espera junto al bordillo: vidrios oscuros, motor encendido, promesa de dinero rápido. Cuando abre la puerta, el perfume de cuero caro se mezcla con un aliento agrio que no necesita presentaciones. El hombre la mira de reojo mientras conduce. Robusto, de manos grandes y uñas descuidadas. Clara lo lee en un instante: un cliente que cree mandar, pero que no sabrá qué hacer cuando el deseo cambie de manos. Esa lectura la enciende. Le gusta adivinar la grieta de cada hombre. En el hotel, las luces tenues se confabulan con su oficio. Clara se mueve con una seguridad que desarma. Deja que el abrigo resbale como una invitación lenta. Se aproxima, le roza el cuello con la punta de los dedos, susurra palabras que suenan a orden y a caricia al mismo tiempo. Cada gesto suyo es un mapa que lo conduce a un lugar del que n...

Llueve

Llueve. No para de llover. Contemplo el incesante goteo desde mi rincón en la acera. Finos hilos de agua caen del cielo, resbalando sobre el asfalto y formando pequeños riachuelos que se deslizan hasta las alcantarillas cercanas. A ratos, un coche pasa a toda velocidad, destruyendo esas frágiles corrientes y levantando pequeñas olas que salpican todo a su alrededor. Yo, Eduardo, el pobre idiota que lleva más de media hora sentado aquí, soy una de sus víctimas. Aún así, apenas noto la humedad en mi ropa. Estoy resguardado bajo un toldo, aunque eso no impide que el frío me atraviese los huesos. Mis manos están heladas, mi piel tirante y mi cuerpo rígido, como si pudiera resquebrajarme en cualquier momento. No importa. Solo estoy aquí, mirando la lluvia, dejando que la monotonía de su golpeteo me consuma. Se suponía que esta sería mi noche. Blanca, la chica en la que había puesto mis esperanzas, bailaba sola en la pista. Desde la barra, la observaba moverse con la cadencia de la música, ...

El Perfume de la Noche

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(Primera Parte) La conocí en un lugar que no existe en los mapas, un rincón de la ciudad envuelto en sombras y perfumes orientales. El aire era espeso, cargado de especias y susurros. No sé si fue el incienso o la manera en que sus ojos me recorrieron como si ya me conociera, pero supe que estaba perdido en el instante en que se acercó a mí. —No deberías estar aquí —dijo, con una voz que tenía la cadencia de una promesa rota. Sonreí. Sabía que no debía, pero mi cuerpo ya había decidido por mí. Llevaba un vestido de seda escarlata, ceñido a su cuerpo como si la tela no quisiera separarse de su piel. Su perfume era un arma. No era dulce, sino oscuro, como un secreto compartido en la madrugada. Cuando sus dedos tocaron mi muñeca, un escalofrío recorrió mi columna. Un roce apenas perceptible, pero suficiente para incendiarme. —Ven —susurró, con la certeza de alguien que da órdenes, no invitaciones. La seguí por un pasillo apenas iluminado, con luces tenues que parpadeaban como si la electr...