Llueve
Llueve. No para de llover. Contemplo el incesante goteo desde mi rincón en la acera. Finos hilos de agua caen del cielo, resbalando sobre el asfalto y formando pequeños riachuelos que se deslizan hasta las alcantarillas cercanas. A ratos, un coche pasa a toda velocidad, destruyendo esas frágiles corrientes y levantando pequeñas olas que salpican todo a su alrededor. Yo, Eduardo, el pobre idiota que lleva más de media hora sentado aquí, soy una de sus víctimas. Aún así, apenas noto la humedad en mi ropa. Estoy resguardado bajo un toldo, aunque eso no impide que el frío me atraviese los huesos. Mis manos están heladas, mi piel tirante y mi cuerpo rígido, como si pudiera resquebrajarme en cualquier momento. No importa. Solo estoy aquí, mirando la lluvia, dejando que la monotonía de su golpeteo me consuma. Se suponía que esta sería mi noche. Blanca, la chica en la que había puesto mis esperanzas, bailaba sola en la pista. Desde la barra, la observaba moverse con la cadencia de la música, ...