Llueve
Llueve. No para de llover.
Contemplo el incesante goteo desde mi rincón en la acera. Finos hilos de agua caen del cielo, resbalando sobre el asfalto y formando pequeños riachuelos que se deslizan hasta las alcantarillas cercanas. A ratos, un coche pasa a toda velocidad, destruyendo esas frágiles corrientes y levantando pequeñas olas que salpican todo a su alrededor. Yo, Eduardo, el pobre idiota que lleva más de media hora sentado aquí, soy una de sus víctimas.
Aún así, apenas noto la humedad en mi ropa. Estoy resguardado bajo un toldo, aunque eso no impide que el frío me atraviese los huesos. Mis manos están heladas, mi piel tirante y mi cuerpo rígido, como si pudiera resquebrajarme en cualquier momento. No importa. Solo estoy aquí, mirando la lluvia, dejando que la monotonía de su golpeteo me consuma.
Se suponía que esta sería mi noche.
Blanca, la chica en la que había puesto mis esperanzas, bailaba sola en la pista. Desde la barra, la observaba moverse con la cadencia de la música, su pelo rubio y suelto enmarcando cada giro, cada ondulación de su cuerpo. Era perfecta. O al menos, eso pensaba hasta que otro apareció. Un desconocido que, con una sola mirada, la hechizó.
Todo se esfumó en un instante.
Así que ahora estoy aquí. Afuera. Solo. Observando la lluvia caer como si en sus gotas estuviera escrita alguna respuesta que necesito leer. Pero no hay respuestas. Solo el sonido sordo del agua y mi reflejo desdibujado en el charco a mis pies.
Entonces, una voz rompe la quietud.
—¡Así que aquí estás!
Levanto la vista y la veo. Raquel.
La Intocable.
Está de pie, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero, observándome con esa mezcla de curiosidad y severidad que la caracteriza. Su postura es firme, imponente, como si el frío y la lluvia no tuvieran ningún efecto sobre ella. Yo, en comparación, me siento insignificante.
—¿Se puede saber qué demonios haces aquí fuera? —pregunta, frunciendo el ceño—. ¡Hace un frío de mierda!
—Me apetecía tomar el fresco —respondo con desdén, encogiéndome de hombros—. Allí dentro hay demasiado ruido.
No se lo cree. Lo veo en su mirada. Suspira, resignada, y sin pedir permiso, se sienta a mi lado.
—Tío, ¿crees que no me he dado cuenta de lo que ha pasado ahí dentro?
No contesto. No hace falta. Raquel siempre dice lo que piensa, y lo que piensa, normalmente, es verdad.—Te vi mirándola —continúa—. Me preguntaba si esta vez te animarías a acercarte, pero al final, lo de siempre. Otro llegó primero.
Sus palabras son como un cuchillo lento que se hunde en mi pecho. He tratado de convencerme de que esto ya no me afecta, de que estoy acostumbrado. Pero la verdad es que cada fracaso pesa, como piedras acumulándose sobre mi espalda.
—Vamos, no pongas esa cara —dice, dándome un codazo suave—. No será la primera ni la última. De tanto intentarlo, seguro que alguna cae.
La miro. La llamamos la Intocable porque, dentro del grupo, ella siempre ha tenido novio. Nadie intenta nada con ella. No solo porque es hermosa, sino porque su pareja es un tipo alto y fuerte que impone respeto. Pero esta noche, él no está. Y últimamente, no los hemos visto juntos tanto como antes.
—¿Estás bien? —pregunta, mirándome con detenimiento.
La luz de una farola cercana ilumina su rostro. Su piel clara brilla con pequeños destellos de lluvia, su cabello negro, recogido en una coleta, se balancea suavemente con el viento. Tiene esa sonrisa suya, la que nunca parece desaparecer del todo.
—Sí, tranquila —respondo, sin muchas ganas.
Ella me observa un momento más y luego, de repente, se pone de pie.
—Vámonos de aquí.
—¿Qué?
No responde. Solo empieza a caminar bajo la lluvia, sin prisa, como si no le importara mojarse.
Dudo un segundo, pero al final me levanto y corro tras ella.
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