ventanas: Bajo la piel de la ciudad - parte dos

 Clara baja las escaleras del edificio con un abrigo largo que le cubre las piernas. Afuera, la madrugada tiene el olor metálico de una ciudad que no descansa. Un Audi negro la espera junto al bordillo: vidrios oscuros, motor encendido, promesa de dinero rápido. Cuando abre la puerta, el perfume de cuero caro se mezcla con un aliento agrio que no necesita presentaciones.

El hombre la mira de reojo mientras conduce. Robusto, de manos grandes y uñas descuidadas. Clara lo lee en un instante: un cliente que cree mandar, pero que no sabrá qué hacer cuando el deseo cambie de manos. Esa lectura la enciende. Le gusta adivinar la grieta de cada hombre.

En el hotel, las luces tenues se confabulan con su oficio. Clara se mueve con una seguridad que desarma. Deja que el abrigo resbale como una invitación lenta. Se aproxima, le roza el cuello con la punta de los dedos, susurra palabras que suenan a orden y a caricia al mismo tiempo. Cada gesto suyo es un mapa que lo conduce a un lugar del que no sabrá volver.

El hombre respira hondo, atrapado en una mezcla de torpeza y fascinación. Ella no se apura: lo guía, lo provoca, lo arropa con una cadencia que convierte la incomodidad en placer. Clara domina el ritmo como una pianista que conoce cada tecla de la piel. La hora pactada se dilata, se vuelve un territorio sin relojes. Él gime, se entrega, agradece sin saberlo.

Cuando todo termina, el silencio del cuarto es un campo de batalla recién abandonado. Clara se viste con movimientos limpios, recoge el dinero y se despide con una sonrisa breve, profesional. Ningún adorno, ninguna culpa. Afuera la madrugada sigue latiendo, indiferente.

De regreso a casa, el cielo se tiñe de un azul sucio. En el edificio, las luces de los pasillos están apagadas. Clara sube al tejado antes de entrar. Lo encuentra allí: Ismael, sentado en el borde, cuaderno en las piernas, un cigarrillo en una mano y un porro en la otra. Su silueta recortada contra la ciudad parece un dibujo en carboncillo.

Él no se sorprende. Apenas levanta la vista. —No podías dormir —dice ella, acercándose.

—Nunca duermo —responde él, con la voz rota y una sonrisa que no sabe disimular.

El humo de ambos se mezcla en el aire frío. Ninguna pregunta. Ningún juicio. Solo la certeza de que entre ellos late un secreto que ninguna noche, por más larga que sea, podrá apagar.








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