¿A donde va el deseo cuando volvemos a ponernos la ropa? (Parte I)
Sabía que en algún momento ella caería en mi cama. No porque lo hubiera planeado, sino porque la tensión entre nosotros era inevitable, como si el destino nos empujara lentamente hacia ese punto. Aquella mañana salimos de clase temprano. El plan era sencillo: tomar unas cervezas junto al río, disfrutar de la brisa fresca, reírnos de nuestras tonterías, pero ambos sabíamos que esa tarde llevaría mucho más que risas.
Desde que nos conocimos, había una química innegable, un deseo reprimido bajo la excusa de la amistad. La anticipación flotaba en el aire cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Nos deseábamos, eso era evidente, pero también temíamos lo que ese deseo traería consigo. Yo tenía miedo de enamorarme, y ella, de que no lo hiciera. Un equilibrio precario que manteníamos en silencio, entre bromas y juegos de palabras, pero esa tarde, sentí que algo iba a cambiar.
Nos sentamos en la orilla del río. Las cervezas frías y el calor de la tarde contrastaban con el frío viento que comenzaba a soplar. Me contó que tenía un poco de frío y, sin pensarlo, se recostó sobre mi pecho. El contacto de su cuerpo contra el mío encendió un fuego que ya no pude apagar. Empecé a acariciarle el pelo suavemente, como quien explora un territorio prohibido. Cada movimiento era una invitación tácita, un llamado al que ambos respondíamos sin palabras. Podía sentir su respiración sobre mi piel, cada exhalación cargada de deseo, y sin más rodeos, nuestras bocas se encontraron.
Al principio, nos dimos un beso lento, exploratorio, pero pronto se transformó en algo más urgente. Nuestras lenguas se entrelazaron, y con cada roce, el deseo se volvía incontrolable. Sabíamos que no había vuelta atrás.
Ella deslizó su mano bajo mi camiseta, recorriendo mi abdomen con dedos temblorosos pero decididos. Sentí su tacto quemarme la piel, como si estuviera encendiendo cada nervio en mi cuerpo. Levanté mi mano y la apoyé en su cintura, atrayéndola más cerca, mientras nuestras bocas no se separaban. Mis dedos recorrieron la curva de su espalda hasta llegar a su trasero, apretándolo con fuerza, haciéndola gemir suavemente contra mis labios.
—Quiero ser tuya —susurró, casi como una confesión.
El sonido de su voz, cargada de deseo, me hizo perder el control. Lentamente, deslicé mi mano por su espalda, subiendo hasta sus pechos. Sus pezones estaban duros bajo la tela de su camiseta, y cuando mis dedos los encontraron, se estremeció. La sensación de su cuerpo temblando bajo mis caricias me volvía loco.
Le quité la camiseta con cuidado, disfrutando de cada segundo en que revelaba su piel desnuda ante mí. Mis labios encontraron sus pechos, y no pude resistir la tentación de lamer suavemente la punta de sus pezones, jugando con ellos con mi lengua. Su respiración se aceleraba, y sus manos se enredaban en mi cabello, acercando mi cabeza a su pecho, pidiéndome más sin necesidad de palabras.
Me deslicé hacia abajo, dejando un rastro de besos en su vientre. Mi lengua jugueteaba con su ombligo mientras mis manos acariciaban sus muslos. Podía sentir cómo su cuerpo respondía a cada toque, cada roce. El viento frío ya no importaba. Solo estábamos nosotros dos, envueltos en una burbuja de deseo que no podía ser rota.
De pronto, ella me detuvo, colocando su mano suavemente sobre mi cabeza.
—Espera... —dijo, con una sonrisa traviesa en los labios—. Busquemos un lugar más cómodo para esto.
Nos miramos por un segundo, nuestros cuerpos aún temblando de anticipación. Sabíamos lo que estaba por venir, y no había nada que pudiera detenernos. La tarde acababa de empezar, pero nuestra historia, la verdadera, estaba a punto de comenzar.

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