¿A donde va el deseo cuando volvemos a ponernos la ropa? (Parte II)
¿A dónde va el deseo cuando volvemos a ponernos la ropa?
(Parte II)
El viento de la noche nos envolvía mientras caminábamos por la ribera del río, el silencio interrumpido solo por el crujido de las hojas bajo nuestros pies y nuestras respiraciones aún entrecortadas. Nos mirábamos sin decir nada, como si las palabras fueran innecesarias. La tensión entre nuestros cuerpos había alcanzado un punto en el que cualquier roce accidental desataba chispas.
Ella me tomó de la mano y tiró de mí hacia un rincón apartado, oculto tras los arbustos. No había más luz que la de la luna, y nuestras sombras entrelazadas se confundían en la oscuridad. El mundo alrededor desaparecía, dejándonos solos, como si fuéramos el centro de todo.
Me empujó suavemente sobre el césped y, sin mediar palabra, se inclinó hacia mí y me besó con una intensidad que me hizo olvidar todo lo demás. Mi abrigo quedó como un improvisado colchón, mientras nuestras manos comenzaban a despojarnos mutuamente de la ropa, desatando el deseo que habíamos contenido durante tanto tiempo.
Mis dedos, torpes por la urgencia, desabrocharon su camisa, arrancando sin querer un par de botones. Sentí la tensión en su piel, cómo se erizaba bajo mis caricias, pidiendo más. La atraje hacia mí, besando cada rincón expuesto de su cuerpo, disfrutando de la forma en que se retorcía, entregada a mis manos y a mis labios.
Ella me quitó la camiseta y comenzó a recorrer mi pecho con sus uñas, dejando pequeños surcos que me hacían estremecer. No había prisa, pero a la vez sentíamos que el tiempo era un enemigo, que cada segundo contaba. Sus manos bajaron lentamente hasta mi cintura, y con un movimiento rápido desabrochó mi pantalón, mientras yo hacía lo mismo con el suyo. Nuestros pantalones cayeron al suelo en un torpe intento por desnudarnos por completo.
Nos quedamos por un momento frente a frente, completamente expuestos bajo la luz tenue de la luna, respirando el uno frente al otro. La urgencia de antes se transformó en una calma densa, cargada de anticipación, como si ambos estuviéramos saboreando lo que vendría. Sabíamos que ya no había vuelta atrás.
Mis manos se deslizaron por sus piernas, acariciando su piel suave hasta llegar a sus bragas, que ya estaban empapadas. Mordí suavemente su cuello mientras las bajaba, disfrutando de cómo su cuerpo respondía a cada gesto. Ella jadeaba suave, mordiéndose el labio inferior, conteniendo un gemido que finalmente escapó de su boca cuando nuestras bocas volvieron a encontrarse.
Me incliné sobre ella, posicionándome entre sus piernas. La rocé con la punta del pene, provocando que sus piernas se abrieran aún más. La penetré con lentitud, sintiendo cómo su cuerpo me recibía con una calidez que me hizo estremecer. Ella arqueó la espalda, aferrándose a mis hombros, como si quisiera absorber cada centímetro de mí.
Nos movíamos al unísono, con una lentitud calculada, disfrutando de la unión. Sus suspiros se hicieron más intensos, y su cuerpo empezó a buscar más. Yo respondí, aumentando el ritmo, mientras sus gemidos se mezclaban con el sonido húmedo y sordo de nuestros cuerpos chocando. Mis manos volvieron a sus pechos, acariciando sus pezones, que se endurecían aún más bajo mis dedos.
—Más… no pares —susurró entre gemidos, los labios rozando los míos.
Giramos, dejándola a ella encima. Sus caderas comenzaron a moverse en un ritmo lento pero constante. Mis manos se aferraron a su cintura, guiándola. Echó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, mientras se entregaba a esa danza perfecta de placer. Sentía cómo su humedad aumentaba con cada embestida, y supe que estábamos cerca del final.
Busqué su clítoris con los dedos. Al encontrarlo, comencé a frotarlo suavemente, aumentando la presión a medida que sus gemidos se volvían más urgentes. Su cuerpo se estremecía, los músculos se contraían alrededor de mí, y el clímax no tardó en llegar.
Con un grito ahogado, se derrumbó sobre mí, convulsionando de placer. La seguí al instante, dejándome arrastrar por esa ola que nos envolvía a los dos. Quedamos así, enredados, los cuerpos temblorosos, tratando de recuperar el aliento.
Al cabo de un rato, se dejó caer sobre mi pecho, respirando entrecortadamente, y la rodeé con los brazos, como si quisiera proteger ese instante de todo lo demás. El olor a sexo y sudor impregnaba el aire: una mezcla embriagante que se quedaría con nosotros mucho después de que todo hubiera terminado.
Permanecimos en silencio, escuchando el murmullo del río como un susurro que acompañaba la calma. No podía evitar pensar en lo que significaría esa noche, en lo que vendría después. Pero ella parecía tranquila, casi despreocupada, dibujando pequeños círculos con el dedo sobre mi pecho desnudo.
—No pienses demasiado —dijo en voz baja, como si leyera mis pensamientos—. A veces, solo hay que disfrutar del momento.
Sonreí. Intenté hacerle caso. Pero en el fondo, ambos sabíamos que no sería tan simple. Decidimos quedarnos ahí, en la orilla, disfrutando del calor que aún emanaba de nuestros cuerpos, dejando que la noche nos envolviera.
Me lié un cigarrillo, y ella encendió uno de sus porros. Entre caladas compartidas, nuestras miradas se cruzaban de vez en cuando, como si aún quedaran palabras por decir, aunque ninguna era necesaria. Dejamos que el silencio hablara por nosotros, hasta que el cansancio nos venció y caímos rendidos, abrazados bajo el cielo estrellado.
Al despertar, sentí el frío de la mañana y las gotas de rocío sobre mi piel. Me giré para buscarla, pero ya no estaba. El vacío se instaló en mi pecho, como si supiera que esa noche había sido más que un simple encuentro. Me quedé ahí, tirado sobre el césped, dejando que el sol de la mañana dorara mi piel, intentando no pensar demasiado en lo que vendría después.

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