A dónde va el deseo cuando volvemos a ponernos la ropa (Parte III – Mery Ann)

Pasaron varios días desde aquella noche junto al río. Al principio traté de no pensar demasiado, de dejar que el recuerdo de su piel contra la mía se quedara donde supuestamente pertenecía: en el pasado. Pero cada vez que cerraba los ojos, ella volvía. Volvía su calor, su olor a sexo, el sonido de sus gemidos resonando en mi mente como un eco que se negaba a morir.

Sabía que no podía seguir así. El problema no era solo la intensidad de nuestros encuentros, sino lo que significaban para mí. Desde aquella tarde, todo comenzó a desmoronarse. Las certezas de antes ahora se veían borrosas, como si una neblina densa lo cubriera todo.

Me sentaba frente al cuaderno, intentando escribir algo, lo que fuera, con la esperanza de sacar afuera lo que me quemaba por dentro. Pero las palabras no venían. Solo frases sueltas, tachones, hojas arrugadas desparramadas por el suelo. Nada tenía sentido. Me sentía atrapado entre el deseo de tenerla cerca y el miedo de perderme en el intento.

Me recosté en la cama, mirando el techo. El vacío se hacía más denso cada día. La habitación permanecía en penumbra, con una luz débil filtrándose por las cortinas. Afuera, la ciudad seguía latiendo, ajena a mi derrumbe. Encendí un cigarro y dejé que el humo me invadiera, buscando algo de paz en medio del desorden.

Pero ella volvía siempre. Sin importar cuánto la alejara, regresaba. Sus dedos dibujando círculos en mi piel, su respiración pesada después del sexo, y esa forma suya de irse sin decir nada. A veces me preguntaba si, para ella, había sido solo un encuentro más, algo archivado en el cajón de los placeres fugaces. Pero para mí… para mí fue algo más. Y eso era lo que más dolía.

Me acerqué a la ventana. Llovía sobre Gasteiz. Las gotas suaves llenaban el aire de ese olor a tierra mojada que siempre me calmó. Apoyé la frente contra el vidrio, dejando que el frío atravesara mi piel. Recordé cómo a ella le encantaba la lluvia. “Me purifica”, decía, mientras se dejaba empapar como si cada gota la lavara de algo que no podía nombrar.

La lluvia era como ella: melancólica y hermosa, caótica y serena. Me pregunté si también pensaría en mí, si alguna vez sentía este mismo hueco. Quizás, para ella, todo había sido más simple. Pero yo estaba atrapado. En el deseo. En la incertidumbre. En la necesidad.

Volví a caminar por la habitación con el cigarro en la mano. Cada rincón tenía algo suyo. Las fotos de aquel viaje a Madrid, cuando nos escapamos al Retiro, seguían en la pared. Su risa me alcanzaba como un recuerdo agudo. Su manera de acariciarme la espalda después del sexo, ese roce leve con las yemas de los dedos, me erizaba hasta el alma. En esos gestos nos pertenecíamos por completo.

También estaban los sueños. Durante semanas soñé con ella. Con sus manos, con su voz, con su piel. Eran sueños eróticos, viscerales, tan vívidos que a veces despertaba jadeando, con la sensación de que aún estaba ahí, entre mis sábanas. Pero siempre terminaban igual: ella se iba, y yo me quedaba.

El vacío se volvía insoportable. Sabía que algo tenía que cambiar. No podía seguir colgado de recuerdos que se deshacían como humo. Pero tampoco sabía cómo soltarla. ¿Cómo se suelta a alguien cuando cada parte de uno sigue aferrada? No era solo sexo. Con ella, el deseo era lenguaje, sí, pero también refugio. Y yo aún no entendía del todo qué buscaba en ese refugio.

Encendí otro cigarro. El humo se mezclaba con la oscuridad, como si también quisiera esconderse. Pensé en buscarla, en llamarla, pedirle que nos viéramos una vez más. Pero sabía que no serviría. Ella seguiría siendo un espejismo. Y yo, el idiota que confundió un cuerpo con una respuesta.

Entonces entendí que tal vez ella no tenía que volver. Tal vez era yo quien debía cambiar. Quizá el problema no era que se hubiera ido, sino que yo seguía creyendo que solo a través de ella encontraría paz.

La lluvia persistía afuera. Y por alguna razón, me calmó. No había respuestas. No había forma de borrar lo vivido. Pero podía aprender a soltar. A dejar ir sin olvidar.

Me senté frente al cuaderno una vez más. Esta vez, las palabras comenzaron a fluir. Al principio lentas, tímidas, pero luego, imparables. Escribí sobre ella, sobre nosotros, sobre el deseo y la confusión, sobre el vacío y la necesidad. Y mientras escribía, por primera vez en semanas, sentí alivio.

Quizá no volveríamos a vernos. Quizá nuestra historia se cerró esa noche junto al río. Pero ahora tenía algo más que el recuerdo de su cuerpo y sus besos. Tenía la certeza de que, aunque se había ido, no me había dejado vacío. Me había dejado una pregunta. Y esa, al menos, era mía.





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